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TRANSPORTE SANITARIO Y EMERGENCIAS: UNA MIRADA HISTÓRICA

Ignaz Philipp Semmelweis

José Ayoze Sánchez Silva

Ignaz Philipp Semmelweis

  

• Nombre completo: Ignaz Philipp Semmelweis.
Año y lugar de nacimiento: 1818, Buda (Hungría).
• Dedicó su vida a: la lucha contra la fiebre puerperal, el lavado de manos
  y la higiene en general.
• Aportación más importante: descubrimiento de la transmisión de gérmenes
  por contacto.
• Invento más importante: el lavado de manos.
• Contemporáneo de: Rudolf Virchow y Charles Darwin.
• Año y lugar de fallecimiento: 1865, Viena.

 

 

 

Semmelweis fue uno de los grandes médicos de su tiempo. Usó toda la ciencia a su alcance para resolver un importante enigma médico: la fiebre puerperal. En una época en la que el método científico aún no se aplicaba a la medicina y todo estaba salpicado de conformismo y tradición, este hombre llegó a perder la cordura debido a su descubrimiento, conocimiento que perdura hasta hoy con una fuerza difícil de eludir.

 

Este médico húngaro de origen judío nace en Buda, la que era capital de Hungría, en 1818. Estudia medicina en su ciudad natal y posteriormente en Viena, donde se gradúa como médico obstetra en 1844. Allí entabla amistad con varios médicos que serán muy importantes a lo largo de su vida y, a la postre, en la ciencia: Karl von Rokitansky, fundador de la anatomía patológica; Josef Skoda, que desarrollará la técnica de auscultación, y Ferdinand von Hebra, padre de la dermatología.

 

En febrero de 1846, con 28 años, ocupa el cargo de ayudante en la infame Sala 1ª de obstetricia en el Allgemaines KrankenHaus, el Hospital General de Viena, el mejor centro de formación obstétrica de su tiempo. En esta época, Semmelweis entra en contacto con lo que hasta ese momento era un concepto médico abstracto para él: la fiebre puerperal. Esta patología, que era muy común entre las mujeres justo después del parto, producía una serie de síntomas muy característicos, como fiebre alta, abdomen hinchado, abscesos purulentos por todo el cuerpo y, finalmente, al cabo de unos días, la muerte. Sus mentores le transmiten una sensación de conformismo hacia la enfermedad y le sugieren que la considere una mera complicación del proceso del parto. En aquel momento desconocía absolutamente todo acerca de tal dolencia.

 

Las salas de obstetricia del Hospital General de Viena es un lugar a donde vienen a parir las mujeres declaradas "indigentes", madres solteras que no cuentan con la bendición de la iglesia (a mediados del siglo xix, las mujeres casadas paren en sus casas, asistidas por matronas). La tasa de mortalidad por fiebre puerperal en la Sala 1ª ronda el 10%, aunque el primer mes en que Semmelweis entra a trabajar la mortalidad es del 17,30%. Esta elevada tasa de mortalidad por fiebre puerperal es una epidemia que azota a casi todos los hospitales de la época; sin embargo, Semmelweis se da cuenta de que en la Sala 2ª, que está gestionada y atendida casi en su totalidad por matronas, la tasa de mortalidad no excede el 1%. Semmelweis pone este hecho en conocimiento de su jefe, el Doctor Klein, un hombre tan falto de capacidades y aptitudes que dirían de él que "era el más incapaz entre los inútiles". Klein no ve el problema y se limita a encogerse de hombros con actitud indiferente.

 

Semmelweis, profundamente intrigado por las diferentes tasas de mortalidad, llega a la conclusión de que si se tratara de una epidemia, como afirman sus colegas médicos, la tasa de mortalidad debería ser similar entre las dos salas. Se esfuerza en encontrar diferencias entre las salas, pero ambas son iguales: mismas dimensiones e igual número de camas, mismas técnicas de exploración y asistencia al parto y mismo puerperio. Semmelweis habla con sus colegas, y las explicaciones que encuentra son de lo más peregrinas: la mala ventilación, la presencia de hombres en los partos, la vergüenza de las parturientas e incluso la presencia de extranjeros son solo algunos de los argumentos que esgrimen sus compañeros. Semmelweis lo intenta todo, desde ventilar las habitaciones hasta cambiar los hábitos de alimentación de las mujeres; nada funciona.

 

Este hombre sencillo, que hasta ese momento había tenido una vida despreocupada, se sume en el desasosiego, y en vez de su habitual carácter alegre, comienza a mostrar un perfil serio y melancólico. Se esfuerza en practicar más y más autopsias a las mujeres que han fallecido de fiebre puerperal y siempre encuentra el mismo resultado; después, sale de las salas de autopsias y se dirige a la Sala 1ª, donde realiza cuidadosas exploraciones de las parturientas y las madres con sus estudiantes. Esta práctica hace que el número de mujeres que sufren la fiebre puerperal aumente, pero Semmelweis desconoce el porqué. La tasa de mortalidad a finales de 1846 ronda ya el 12%. De este período, Semmelweis escribirá en su libro: "Todo quedaba sin la menor explicación, todo era dudoso. Sólo el gran número de muertes era una realidad indudable."

 

Semmelweis se empieza a obsesionar con el problema. Pasa noches estudiando, elaborando estadísticas y leyendo los informes de las autopsias de las mujeres fallecidas; pero no es capaz de descubrir la razón. Se sume cada vez más en su mal carácter y desesperación; tanto, que su amigo y compañero de habitación Jacob Kolletschka y su propia esposa temen que sufra una crisis nerviosa, por lo que insisten en que coja unas vacaciones. Después de grandes esfuerzos logran que se vaya a Venecia tres semanas en marzo del año 1847.

 

Cuando Semmelweis regresa a Viena, en abril, no ha recuperado la tranquilidad, es más, regresa con fuerzas renovadas y esa misma mañana se presenta en la sala de autopsias para examinar más cadáveres de mujeres fallecidas. Una vez allí se extraña de que no esté Kolletschka, y es informado por un asistente de que este ha fallecido en su ausencia. Semmelweis, absolutamente impactado por la noticia, quiere saber cómo ha fallecido su amigo; le informan que durante la realización de una autopsia a una mujer que ha muerto de fiebre puerperal, un estudiante le ha causado una herida en un brazo con un bisturí y, que a los pocos días, enfermó y murió. Semmelweis rápidamente pide el informe de la autopsia y descubre que su amigo ha fallecido presentando los síntomas que tan bien conoce: abdomen hinchado, abscesos purulentos por todo el cuerpo, fiebre alta, delirios…

 

Semmelweis se hace una pregunta: ¿Cómo puede ser que mi amigo haya muerto presentando los mismos síntomas que las mujeres que mueren de fiebre puerperal? ¿Acaso hay algo en los cadáveres en descomposición que, al ser arrastrado al interior del cuerpo de las personas vivas, provoca la muerte? Este dramático momento en la vida de Semmelweis es uno de esos brillantes momentos de la ciencia donde en el cerebro del científico se hacen las conexiones pertinentes y conducen a solventar un enigma aparentemente irresoluble.

 

¿Podría ser que las mismas sustancias que causaron la muerte de Kolletschka pudieran ser transportadas en mis manos y, al ser depositadas en las heridas de las mujeres que están de parto, les causen la muerte? Esta pregunta tortura la mente de Semmelweis, porque si la idea es correcta, resolvería el enigma de las diferentes tasas de mortalidad entre la Sala 1ª y la Sala 2ª (esta última regentada por matronas que en ningún momento intervienen en las autopsias). El mundo de este hombre se derrumba bajo sus pies, torturado por la idea de llevar la causa de la muerte de las parturientas en sus manos. La culpa y la conmoción que siente son tan inmensas que piensa en suicidarse; deja de dormir por las noches, atormentado por un cargo de conciencia que no le abandonará en lo que le queda de vida. Posteriormente escribirá: "[...] sólo Dios sabe el número de mujeres que han bajado a la tumba prematuramente por mi culpa."

 

A la mañana siguiente, Semmelweis, sin consultar con su jefe Klein, ordena instalar lavamanos, cepillos de uñas y jarras que contienen agua con lejía a la entrada de las salas de obstetricia y pone carteles en la entrada de la clínica con el siguiente comunicado: "A partir de hoy, 15 de mayo de 1847, todo médico o estudiante que salga de la sala de autopsias y se dirija a la sala de alumbramientos, está obligado, antes de entrar en ésta, a lavarse las manos cuidadosamente en una palangana con agua clorada situada en la puerta de la entrada. Esta disposición rige para todos. Sin excepción. I.P. Semmelweis."

 

Semmelweiss comprueba que los doctores jóvenes del hospital se laven las manos  antes de entrar en las salas de obstetricia.

Semmelweiss comprueba que los doctores jóvenes del hospital se laven las manos  antes de entrar en las salas de obstetricia.

 

 

El lavado de manos no fue admitido de buen grado por sus colegas y estudiantes; estos pensaban que era un procedimiento lento, tedioso, poco útil y caprichoso. Semmelweis recorría las salas día y noche, como un centinela, obligando a sus compañeros a realizarlo correctamente. La desidia de los estudiantes y la negligencia de los médicos hacen que frecuentemente estalle en brotes de cólera, amargando aún más su carácter y convirtiéndole en un tirano a la vista de los demás. Semmelweis sabía que las manos sucias transmitían enfermedades, pero no sabía por qué. Sin la explicación adecuada, imposible de dar en su tiempo, sus colegas sencillamente se reían de él. Aún faltaban 20 años para que Pasteur y Lister sentaran las bases científicas que demostraban que las enfermedades infecciosas tienen su origen en los microorganismos.

 

En pocos meses, la tasa de mortalidad de la Sala 1ª baja a tan solo el 3% de los casos, y solo fallecen 56 mujeres de 1.841 partos que se atienden. Aun así, sigue siendo superior al 1% de la Sala 2ª, pero es una confirmación inequívoca de su teoría. Este es, probablemente, el período más feliz en la vida de Semmelweis, consciente de que, a pesar de los grandes esfuerzos que debe realizar, está salvando decenas de vidas.

 

En octubre de 1847 se topa con otro gran problema que le llevará a realizar un segundo e importante descubrimiento. Al entrar en una de las salas donde están doce mujeres, Semmelweis descubre que todas están enfermas de fiebre puerperal. Desconcertado, no puede encontrar una explicación, ya que está seguro de que no ha habido ni un solo médico ni estudiante que haya entrado en la sala sin haber pasado por el lavado de manos. Después de pensar mucho en el problema y entrevistar a todos los médicos que intervinieron en la sala, descubre que la mujer de la primera cama tiene un avanzado cáncer de útero que se ha infectado. Después de explorarla, los médicos siguieron haciendo la ronda de exploraciones al resto de las mujeres de la sala. Entonces Semmelweis llega a la conclusión de que, cualquiera que sea la sustancia causante de la fiebre puerperal, también está presente en las personas vivas y puede transmitirse de persona viva a persona viva y no solo de personas muertas a vivas. Este descubrimiento aumenta aún más el celo de Semmelweis por el lavado de manos y comienza a obligar a todo el personal a lavarse las manos entre paciente y paciente, y a lavar los materiales con los que se explora a las pacientes, y aísla en salas especiales a las pacientes enfermas con signos de fiebre puerperal. Esta situación, calificada de insoportable, genera una nueva y aún más airada ola de protestas de los médicos a Klein, el jefe del servicio.

 

Tras este segundo descubrimiento y con el endurecimiento de las medidas de higiene, Semmelweis recibe sus frutos y descubre que la tasa de mortalidad llega a caer por debajo de la de la Sala 2ª. Escribiría posteriormente: "¿[…]dónde, en nombre de Jesucristo, podría haber una demostración más clara de la justicia de mis ideas y de mis procedimientos?". A finales de 1847, y con una gran cantidad de datos que avalan sus teorías, se pone en contacto con sus amigos vieneses Skoda y Hebra. Ambos le indican que es el momento de poner por escrito todos sus descubrimientos, pero Semmelweis se niega. Hebra escribe dos artículos en 1848, comunicando al colectivo médico los descubrimientos de Semmelweis, pero apenas tienen repercusión. Skoda, por su parte, insta al cuerpo de profesores de la universidad a que abran una comisión para estudiar los descubrimientos acerca del lavado de manos. Klein, conocedor de los datos y temeroso de lo que se podría descubrir, maniobra políticamente y consigue que se cierre la comisión; es más, consigue que a Semmelweis no se le renueve el contrato bianual que mantiene con el hospital y se deshace de él en una de las maniobras más mezquinas de las que se tiene constancia en el mundo científico.

 

Todo el mundo tiene derecho a una segunda oportunidad, y Semmelweis, después de ser expulsado por la puerta de atrás del hospital vienés, consigue que sus ideas sean discutidas en el Colegio Imperial de Medicina de Viena gracias a su amigo Skoda. Su torpe y atropellada explicación tiene una pequeña aceptación en la comunidad médica, pero al resistirse de nuevo a poner por escrito sus descubrimientos, estos caen en el olvido, y a los 9 meses se marcha de Viena sin despedirse de sus amigos. Se refugia en la cuidad de Pest, en Hungría, donde después de algunos problemas de salud que le impiden trabajar durante unos meses, es contratado en el Hospital de San Rafael. Al llegar se encuentra un oscuro hospital situado en un edificio medieval. En una sala con seis madres descubre que una de ellas está muerta, otra agoniza y otras cuatro están enfermas de fiebre puerperal. Este hecho logra sacar lo mejor de su interior y siente resurgir su pasión por el lavado de manos, y allí, lejos de las élites de Viena, logra de nuevo reducir de forma casi milagrosa la tasa de mortalidad de las parturientas. Solicita la plaza vacante de director de obstetricia y de nuevo se convierte en un tirano del lavado de manos; corre el mes de mayo de 1851. Nuevos casos de fiebre puerperal le hacen descubrir que la ropa de cama también favorece la transmisión de la fiebre puerperal, ya que esta no se cambia después de ser usada por los pacientes, lo que hace que entre en conflicto con la dirección del hospital; la disputa por la ropa de cama contaminada se solucionará cuando, en un ataque de indignación, lleva un montón de sábanas sucias y malolientes y las pone encima de la mesa del administrador. Sus esfuerzos logran hacer descender la mortalidad por debajo del mítico 1% de aquella casi olvidada Sala 2ª del Hospital General de Viena al que había pertenecido tiempo atrás.

 

En 1855 asume la cátedra de Obstetricia Teórica y Práctica en la Universidad de Pest. Debido a que es una universidad pequeña y apartada, su política de limpieza y lavado de manos apenas tiene eco en Europa. En 1866, 19 años después de descubrir la causa de la fiebre puerperal, se decide por fin a escribir un libro que se titulará Etiología, concepto y profilaxis de la fiebre puerperal. Aunque se trata de una obra breve, mal escrita, repetitiva y duramente crítica con sus oponentes, contiene la esencia de su descubrimiento y sus avances en la lucha contra la fiebre puerperal. En el congreso de médicos y biólogos alemanes, reunidos en la ciudad de Speyer en el año 1861, su libro apenas tiene repercusión. Solo un médico, el profesor Lange, de la ciudad alemana de Heidelberg, asegura haber llevado a cabo su método de limpieza y lavado de manos, y cuenta con únicamente un caso de fiebre puerperal en 300 partos; pero no sirve de nada, nadie está dispuesto a prestar atención a Semmelweis, que frustrado y encolerizado por la falta de visión de sus colegas de profesión, inicia la publicación de una serie de cartas abiertas contra ellos, el contenido de las cuales gira siempre en torno al mismo tema: "[...] Asesinos llamo yo a todos los que se oponen a las normas que he prescrito para evitar la fiebre puerperal. No es necesario cerrar las salas de maternidad para que cesen los desastres que deploramos, sino que conviene echar a los tocólogos, ya que son ellos los que se comportan como auténticas epidemias [...]."

 

Etiología, concepto y profilaxis de la fiebre puerperal, Ignaz Philipp Semmelweis.

Etiología, concepto y profilaxis de la fiebre puerperal, Ignaz Philipp Semmelweis.

 

 

La fama de buen médico de Semmelweis desaparece y sus pacientes se desvanecen de la noche al día; todo ello debido a las cartas abiertas a sus colegas, su carácter cada vez más despótico y sus clases en la facultad de medicina, en las que se alternan peroratas incomprensibles con ataques de ira y llantos incontrolados. Cuenta la leyenda que paraba a las parejas de enamorados por las calles de Pest para rogarles que cuando tuvieran hijos no dejaran que les atendiera en el parto un médico que no se lavara las manos. Su personalidad se torna paranoica, tiene ideas persecutorias y tiene miedo de que secuestren a sus hijos por la noche.

 

En julio de 1865, su mujer se pone en contacto por carta con Hebra, uno de sus antiguos amigos en Viena, y acuerdan llevarlo de regreso a la capital con el pretexto de que este quiere verle, para que descanse de sus labores en el hospital. Cuando Hebra ve a Semmelweis después de varios años, se sorprende de lo cambiado y viejo que está; hablan durante horas en el jardín de su clínica, y cuando le invitan a ir a su habitación, Semmelweis se da cuenta de la trampa en la que ha caído. Su mujer y Hebra en realidad le han llevado a un manicomio y, en contra de su voluntad, le encierran en una habitación acolchada con una camisa de fuerza. Varios días después, Semmelweis cae enfermo, presenta fiebre alta, abdomen hinchado, abscesos purulentos, y después de casi una semana muere de sepsis; es el 14 de agosto de 1865. Su muerte, triste y paradójica, aún es una historia controvertida: unas fuentes cuentan que pudo herirse en el forcejeo que se produjo en el momento del encierro en la celda, y otras fuentes –menos creíbles– relatan que Semmelweis, en un momento de ira, antes de ir a Viena se hiere con un cuchillo en un dedo durante una autopsia, para demostrar que su teoría es cierta.

 

En la actualidad, Semmelweis es considerado un héroe en su país, y su cuerpo se encuentra enterrado en su casa familiar, en Budapest. En Viena hay una estatua en su honor junto al Hospital General, donde pasó gran parte de su vida y realizó sus importantes descubrimientos, y también se ha acuñado una moneda conmemorativa en Austria. La antigua Universidad Nagyszombat de Budapest se renombró en 1955 como Universidad Semmelweis en honor al "Salvador de las madres". El trabajo de Semmelweis fue reconocido 20 años después, cuando Pasteur y Lister, que habían leído su libro, difundieron sus descubrimientos entre la clase médica de la época, citándole como un adelantado a su tiempo.

 

Estatua en honor a I.P. Semmelweis en Austria.

Estatua en honor a I.P. Semmelweis en Austria.

 

Sello conmemorativo de I. P Semmenlweis en Austria. 

Moneda conmemorativa de I. P Semmenlweis en Austria.

Sello y moneda conmemorativa de I. P Semmenlweis en Austria.

 

 

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