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TRANSPORTE SANITARIO Y EMERGENCIAS: UNA MIRADA HISTÓRICA

Florence Nightingale

José Ayoze Sánchez Silva

Florence Nightingale

  

• Nombre: Florence Nightingale.

• Año y lugar de nacimiento: 1820, Florencia (Italia).

• Dedicó su vida a: la enfermería y la educación.

• Avance más importante: creación de la enfermería moderna, avances en la educación y la estadística.

• Descubrimiento más importante: la mejora de las condiciones de vida aumenta la supervivencia de los heridos.

• Contemporánea de: Louis Pasteur, Joseph Lister y Thomas A. Edison.

• Año y lugar de fallecimiento: 1910, Londres (Reino Unido).

 

 

La idea romántica de una señora paseando con un candil en la mano, y que consiguió crear la enfermería moderna no hace justicia a una erudita muy adelantada a su tiempo. Sus aportaciones a las matemáticas, la sanidad pública o la educación resultaron revolucionarias en una época en la que la sociedad no permitía que una mujer pudiera votar. Florence Nightingale tuvo que luchar primero contra su familia y luego contra la sociedad, lucha de la que salió vencedora solo con sus conocimientos y sus ganas de cambiar el mundo, cosa que consiguió. Sus aportaciones han salvado millones de vidas desde mediados del siglo XIX.

 

Florence Nightingale recibió el nombre de su ciudad natal, Florencia, el 12 de mayo de 1820. Hija de padres británicos de clase alta, nació en Italia debido a una moda que se extendió en las clases acomodadas británicas al principio del siglo XIX y de realizar largos viajes por Europa que podían durar años. Su padre, William Edward Nightingale, fue un hombre muy culto que la educó muy bien. Era un hombre progresista y defendía la mejora de la posición de la mujer en la sociedad, por lo que educó a sus hijas como si hubieran sido varones. Viajó mucho con ellas: a Italia, Egipto, Francia, Alemania… Florence también estudió literatura, historia, latín, griego, lenguas modernas, filosofía y matemáticas.

 

En 1837, a los 17 años de edad, Florence Nightingale sufre lo que describe como «una llamada a Dios», una experiencia que le marcaría toda su vida, ya que ella sentía que estaba llamada a realizar «algo grande y elevado en su nombre, sin buscar reputación». Ella no sabía qué era lo que estaba destinada a realizar, pero el impasse entre los 20 y los 30 años causó grandes conflictos familiares, ya que se negaba a casarse, como se esperaba de ella, o a recibir una formación universitaria para mujeres, cosa muy novedosa en su época.

 

Florence se debate entre la enseñanza –pero no de jóvenes o niños, sino de delincuentes– o el cuidado de pacientes, como enfermera. En 1845, ocho años después de su «experiencia mística», está decidida a formarse como enfermera en una clínica dirigida por un médico amigo de su padre, pero se encuentra con una oposición total por parte de su familia. En esta época, una enfermera no estaba mejor valorada que un ayudante de cocina o una sirvienta. Después de este revés recibe apoyos de amigos y conocidos y, en 1848, consigue un puesto como profesora de un grupo de niños pobres en la Ragged School of Westminster. Este empleo solo duró 5 meses, pero le sirvió para conocer de primera mano la realidad social del Londres postindustrializado y pobre. Florence tiene la oportunidad de ver los cambios que son capaces de realizar los profesores motivados: «Si pudiéramos ser educados dejando al margen lo que la gente piense o deje de pensar, y teniendo en cuenta solo lo que en principio es bueno o malo, ¡qué diferente sería todo!».

 

Florence se embarca en un viaje cultural que comienza en 1946 y que la lleva a Roma, Egipto, Grecia y finalmente a Alemania, donde entra en contacto con el médico y las enfermeras de una comunidad religiosa protestante de cerca de Düsseldorf que trabajan con enfermos y marginados. Corre el año 1850. En esta comunidad se forma como enfermera y adquiere muchos de los conocimientos médicos que le serán útiles en el futuro. Es en esta etapa de su vida cuando Florence comienza a fraguar su primera gran aportación a la enfermería: una teoría educativa propia que intenta equilibrar la desigualdad existente entre la formación teórica y la práctica.

 

A su regreso de Alemania pasa tres años (de 1851 a 1854) visitando hospitales por toda Europa, formándose en la práctica y en la teoría, analizando informes y recogiendo información sobre sanidad pública. De entre estos informes podemos destacar dos que contribuyeron a crear su particular visión sobre la enfermería; el primero lo escribe ella misma en 1853, a raíz de su visita al hospital de Lariboisière. Este hospital parisino está construido para que albergue grandes pabellones diseñados para que entre la luz del sol y circule el aire limpio. Nightingale descubre que en estos espacios se reduce la mortalidad de los pacientes, ya que permiten que se disipen las miasmas que favorecen la aparición de enfermedades. No debemos olvidar que en esta época, que es anterior a la llegada de la teoría de los gérmenes, postulada y demostrada por Pasteur en 1858, se creía que las enfermedades aparecían espontáneamente en los espacios sucios y cerrados. El segundo informe es el escrito por Edwin Chadwick, un reformista encargado de la sanidad del gobierno británico, a partir de 1832, y responsable de realizar las grandes obras de canalización de alcantarillados y suministros de agua corriente. Aunque las hipótesis de partida eran erróneas, los esfuerzos, como se demostraría más tarde, fueron en la dirección correcta. Es en esta época cuando Florence Nightingale comienza a elaborar su segunda gran aportación a la enfermería y que desarrollaría en años posteriores: la higiene y el control del entorno como herramienta de salud.

 

A su regreso a Londres, a mediados de 1853, es contratada como directora de un hospital para señoras de clase alta. Tiene 33 años. Este puesto le permite poner en práctica todo lo aprendido en su largo viaje formativo por el viejo continente. Florence demuestra que no solo es una gran enfermera, sino que es una gran gestora, cuyo único interés es la recuperación de los pacientes; incluso llega a enfrentarse a la clase médica por ello.

 

En octubre de 1853 estalla la guerra de Crimea, que enfrentó al Imperio Otomano Francia e Inglaterra contra la Rusia de los zares. Una información que alarma a la sociedad británica son las lamentables condiciones en las que se encuentran los hospitales militares donde se recibe a los heridos del frente. Es muy probable que el estado de los hospitales no fuera peor que el estado en el que se encontraban en las Guerras Napoleónicas, cuarenta años antes, pero la medicina había avanzado y la opinión pública también. Florence Nightingale se encontraba en el momento preciso en el lugar adecuado. Por un lado, ella estaba buscando nuevos retos para demostrar su valía como enfermera y gestora. Un antiguo amigo suyo, Sidney Herbert, era el Secretario de Estado para la Guerra, y Gran Bretaña estaba en medio de un escándalo sanitario sin precedentes. Sidney Herbert toma una decisión insólita para intentar resolver el problema sanitario en Crimea: envía a Florence a dirigir a un grupo de treinta y ocho enfermeras al hospital de Scutari (muy cerca de Estambul). Florence asume un puesto de oficial del ejército británico, hecho nada despreciable, ya que se convierte en la primera mujer en la historia en ser nombrada oficial británico. La sociedad británica era tremendamente machista, y relegaba a la mujer a un segundo puesto en casi todos los ámbitos sociales, cuanto menos el militar. Florence, consciente de este hecho, decide adoptar inicialmente un perfil bajo, en el que pone a sus enfermeras al servicio de los médicos del hospital. Su recibimiento es frío y cruel por parte del personal médico.

 

El principal cometido de Florence, nada más llegar, es hacer un diagnóstico de la situación, y descubre que falta de todo, desde la lavandería hasta la higiene más elemental, pasando por instrumental médico y quirúrgico básico. Los soldados mueren a docenas debido a las infecciones quirúrgicas, la llamada fiebre traumática, y una espantosa epidemia de tifus, cólera y disentería que campa a sus anchas en un ambiente hacinado, sucio, sin ventilación y sin desagües.

 

Lo peor de todo es la aparente parálisis que sufre el cuerpo médico que trabaja en el hospital. Trabajan 20 horas al día, los tratamientos se limitan a amputar los miembros destrozados, extraer las balas y la metralla y vendar las heridas, y luego se dejan al cuidado de los enfermeros militares sin formación alguna; por las noches se limitan a contar los muertos del día. Por otra parte, la brutal máquina burocrática del ejército impide que los cargamentos de material sanitario salgan de los muelles, ya que no hay oficiales médicos suficientes para autorizar la salida de la carga de los barcos. Lo que decían los periódicos era cierto, los hospitales no estaban equipados, pero la culpa la tenía el propio ejército, ya que las toneladas de provisiones se acumulaban por todas partes menos en el hospital.

 

A las 24 horas de llegar al hospital se desencadena la Batalla de Inkerman (5 de noviembre de 1854). Los heridos llegan en oleadas al hospital, y Florence y sus enfermeras se ven desbordadas. Los médicos inician la clasificación de los heridos y descartan a cinco soldados inconscientes que están en un rincón. Florence le pregunta al médico si no va a hacer nada por ellos y el médico le dice que no. ¿Me los deja a mí? –pregunta–. Y el médico le responde que se los quede si quiere, pero que no los ayudarán porque su caso es desesperado. A la mañana siguiente, después de una noche de cuidados, durante la cual se les da de comer y se les hidrata lentamente, se les lava y curan las heridas, estos despiertan; el cirujano, asombrado, les declara en buen estado para ser operados.

 

Una semana tardó el equipo de Florence en transformar una estancia con trece calderos enormes, donde se hacía de comer y se hervían los trapos que hacían las veces de vendajes. También alquilaron una casa cercana y la transformaron en una lavandería donde se lavaban las sabanas y la ropa de los soldados. El equipamiento médico almacenado en el muelle fue otro asunto. Florence demostró ser una excelente gestora y negociadora, tratando pacientemente con los burócratas, consiguiendo permisos, pidiendo favores y exigiendo, siempre en un tono sereno, la liberación de la carga. Poco a poco transformó el pozo de muerte e infección en un hospital militar decente. Otro de sus logros es que consiguió que el gobierno británico enviara una comisión sanitaria que ordenó la construcción de alcantarillas en el hospital. Nunca dejó de presionar a los militares de mayor graduación pidiendo liberar carga de los barcos que llegaban. Está ampliamente documentado que la gestión de Florence y de su equipo de enfermeras logró reducir la mortalidad del 42% inicial a solo un 2%, y esto llegó a la prensa, que escribía artículos alabando las mejoras logradas en el hospital y la gestión de Florence. La mejora de los cuidados médicos y quirúrgicos, una higiene adecuada, limpiar y airear las habitaciones y mejorar la alimentación son las bases de la gestión que Florence puso en marcha.

 

Cuando regresa de Crimea en 1856 su popularidad es inmensa y su poder también. Una de las cosas más importantes que descubre al llegar a Inglaterra es que el gobierno no muestra demasiado interés en investigar el desastre ocurrido en los hospitales de Crimea. Inmediatamente se aprovecha de su fama y popularidad para impulsar la creación de una comisión investigadora que busque soluciones al desastre sanitario experimentado en la guerra. En este momento crucial de la historia de la medicina, Florence Nightingale desarrolla su tercera gran aportación a la ciencia: el uso de diagramas para la representación de datos estadísticos abstractos. En el informe que elabora para el gobierno británico durante la investigación de la Guerra de Crimea, Florence se vale de sus conocimientos de matemáticas para evitar las largas, aburridas e incomprensibles listas de números con los que se representaban, hasta ese momento, los datos estadísticos. Florence se basa en el trabajo de William Playfair para desarrollar un nuevo tipo de gráfico que ha dado en llamarse «la rosa de Nightingale», que permite al gobierno darse cuenta de la magnitud del desastre; de las 20.000 bajas que sufrió el ejército británico en la guerra, sólo 4.000 pertenecen a bajas en el campo de batalla, el resto, 16.000, son muertes producidas dentro de los hospitales causadas por las epidemias y los malos cuidados. En este informe también deja claro que muchos de los problemas son debidos a la falta de experiencia de los médicos y cirujanos; en 1858, en su estudio sobre la situación de la sanidad militar (Notas en cuestiones que afectan la Salud, la eficiencia y la administración hospitalaria del ejército británico) dice: «[…] sea cual sea el grado de información científica de que disponen los estudiantes al entrar en el ejército, poco o nada puede deducirse de ello en lo tocante a sus conocimientos prácticos. Pero como ingresar en el ejército significa para ellos, automáticamente, enfrentarse con la práctica, y en un corto espacio de tiempo tienen pacientes a su cargo, parece necesaria la existencia de una escuela donde el alumno pueda adquirir un conocimiento práctico entre su ingreso en el ejército y el momento en que se incorpore a su regimiento.» El impacto de su informe en la comisión de investigación es la creación de la primera Escuela de Medicina Militar del Reino Unido en Fort Pitt.

 Ejemplo los estudios estadísticos de Florence Nightengale

Ejemplo los estudios estadísticos de Florence Nightengale.

 

 

La rosa de Nightingale

La rosa de Nightingale.

 

 

En 1860 inaugura la Escuela de Entrenamiento Nightingale en el Hospital Saint Thomas, en pleno centro de Londres. Esta escuela tiene como base doctrinal su libro más importante, publicado en 1859, Notas sobre enfermería: qué es y qué no es. El primer grupo de enfermeras se gradúa en 1865. La escuela de enfermería de Nightingale sigue funcionando hoy en día, y Notas sobre enfermería se ha convertido en un texto clásico para las enfermeras de todo el mundo. Las críticas del sector médico no se hicieron esperar, sobre todo en el hospital St. Thomas, donde se iba a fundar la escuela. Las voces más airadas llegaron a decir que una enfermera no necesitaba más formación que una criada.

 

Debido a una depresión que aparece en 1857, Florence pasa algunos periodos encamada; debido a esto y a su convicción de no ser una buena maestra para mujeres, decide delegar la dirección de la escuela y se mantiene en un segundo lugar, aunque sigue tomando algunas decisiones importantes. La escuela pasó por problemas en sus inicios, ya que debido a la oposición de los médicos y el incorrecto uso que se hacía por parte de la dirección de enfermería del hospital de las alumnas, no se seguían las directrices establecidas por Florence. La primera década de existencia de la escuela es difícil, pero poco a poco se ve un cambio significativo, hasta tener el enorme prestigio que posee en la actualidad. En 1887, año en el que se jubila su primera directora, la escuela ha formado a las enfermeras jefa de 42 hospitales importantes y a más de 550 enfermeras. Muchas de estas enfermeras fueron creando a su vez numerosas escuelas por todo el mundo, desde Estados Unidos hasta la India y Japón.

 

Las aportaciones que Florence realizó después de la década de 1870 no son menores. Mientras avanzaba a pasos agigantados su legión de enfermeras, ella se dedicaba a profundizar en sus teorías educativas, sobre todo en lo referente a la formación de niños en las colonias británicas de la India y África. Ella defendía la teoría de que los métodos educativos al estilo occidental, que se enseñaba a los niños de las poblaciones indígenas, no era la adecuada; decía que «Mantener durante gran parte del día a unos cuantos niños en un aula, llenándoles la cabeza de fórmulas e intentando despertar su interés, [sería] desastroso para una raza no acostumbrada a ese tratamiento. Ocasionaría problemas de salud y tuberculosis en los niños. De hecho, sería condenarlos a una muerte lenta.» Posteriormente dirigió sus investigaciones a los asilos de pobres y niños huérfanos. Su amarga crítica fue ampliamente aceptada, ya que defendía que no había que «castigar» a los pobres en asilos sino que había que enseñarles a valerse por sí mismos, enseñarles trabajos manuales que les permitieran conseguir trabajo en las industrias.

 

Florence disfrutó de un merecido reconocimiento a su labor en vida. Fue la primera mujer en ser admitida en la Royal Statistical Society británica, y fue miembro honorario de la American Statistical Association. Henry Dunant se inspiró en ella para la creación de la Convención de Ginebra, y fue la principal impulsora de la creación de la Cruz Roja Británica. La Reina Victoria la tenía en gran estima y, en 1883, creó y le otorgó la primera medalla de la Real Cruz Roja, condecoración militar que fue creada para premiar los servicios excepcionales en la profesión de la enfermería militar. En 1907 se convirtió en la primera mujer en recibir la Orden de Mérito del Reino Unido, condecoración que se entrega como recompensa por servicios extraordinarios en el ámbito del ejército, la ciencia, el arte o la literatura. En 1908 le fueron otorgadas las Llaves de la Ciudad de Londres. El Día Internacional de la Enfermería se celebra el día de su nacimiento, el 12 de mayo.

 

Durante su vida fue una escritora prolífica; su contribución incluye más de doscientas obras, entre libros, artículos y estudios que abarcan muchos campos: la enfermería, las matemáticas, la estadística, la educación y la teología. Su lucha contra el convencionalismo le llevó, por ejemplo, a no casarse y a luchar contra lo que ella llamaba la «sobrefeminización» de la mujer, que la lleva hasta el anquilosamiento social.

 

Florence Nightingale falleció anciana, a la edad de 90 años, el 13 de agosto de 1910, apaciblemente, mientras dormía. El gobierno británico ofreció a la familia enterrar sus restos en la Abadía de Westminster, donde se entierra a los monarcas británicos, miembros de la familia real y personalidades ilustres del Reino Unido; sin embargo, su familia declinó la invitación y depositó sus restos en un humilde cementerio en el condado de Hampshire.

 

El candil que Florence usaba en Scutari. Se conserva en el museo Florence Nightingale, en Londres.

El candil que Florence usaba en Scutari. Se conserva en el museo Florence Nightingale, en Londres.

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