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Zona TES - Revista de formación para Técnicos en Emergencias Sanitarias

 

Zona TES Abril-Junio 2016

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TRANSPORTE SANITARIO Y EMERGENCIAS: UNA MIRADA HISTÓRICA

Joseph Lister

José Ayoze Sánchez Silva

Enfermero de ambulancia sanitarizada. Servicio de Urgencias Canario (SUC). Las Palmas. Canarias. España.

  @AWH061

 

  • Henry Dunant

    Nombre completo: Joseph Lister.
  • Año y lugar de nacimiento: 5 de abril de 1827, Upon (Inglaterra).
  • Dedicó su vida a: desarrollo de la cirugía antiséptica.
  • Avance más importante: descenso de la mortalidad mediante el control de las infecciones quirúrgicas.
  • Descubrimiento más importante: los antisépticos.
  • Contemporáneo de: Louis Pasteur, Henry Dunant, Florence Nightingale.
  • Año y lugar de fallecimiento: 1912, Walmer (Inglaterra).

 

 

Joseph Lister es conocido por ser el primer cirujano en poder controlar de forma eficaz las infecciones de las heridas quirúrgicas mediante el uso de antisépticos basándose en los descubrimientos de Pasteur. Debido a este descubrimiento, junto con el control de las hemorragias y la anestesia, la cirugía pudo dar el salto definitivo hacia la modernidad.

 

Lister nació en Upon (Inglaterra), el 5 de abril de 1827, en el seno de una familia acomodada y tranquila que valoraba la educación y la ciencia. Su padre, Joseph Jackson Lister, comerciante de vino y científico aficionado, inventó un tipo de lente para microscopios (la lente acromática), con la que solucionó un problema de distorsión en los bordes y corregía también los colores que se observaban en las muestras. A partir de ese momento se pudieron observar los glóbulos rojos o las baterías con todo detalle.

 

Durante su infancia recibió educación en varias escuelas religiosas de Londres y Hertfordshire, donde se daba mucha importancia a las ciencias. Una vez completados sus estudios, entró en la Universidad de Londres, donde se graduó en Artes y Botánica, y después decidió estudiar medicina, carrera de la que se graduó Cum Laude en 1852. Ese mismo año fue admitido en el Colegio Real de Cirujanos de Inglaterra, donde ocupó un puesto de asistente con uno de los cirujanos más prestigiosos de todo el Reino Unido, James Syme, que años más tarde se convertiría en su suegro. Durante estos años, Lister fue aprendiendo todo lo que se podía saber sobre cirugía. En esta época, la tasa de mortalidad quirúrgica rondaba el 50%. Lister realizó múltiples investigaciones sobre los temas más variados: la coagulación de la sangre, los movimientos de los ojos o el deterioro de los vasos sanguíneos en las primeras fases de las infecciones de las heridas, asunto, este último, que le interesaba enormemente.

 

En 1849, en el hospital donde Lister ejercía de cirujano en Londres, hubo una epidemia de gangrena que llegó a matar al 80% de los pacientes operados. Los cirujanos pensaban que los humores que flotaban en el aire se habían apoderado del hospital, e incluso llegaron a pensar en quemar las alas afectadas. Lister observó que a los pacientes a los que se les amputaba el miembro infectado y se les cauterizaba la herida con nitrato de plata, por lo general, no se les reproducía la gangrena. Lister dedujo que el nitrato de plata no aislaba la herida del aire sino que eliminaba algo que hubiera en la carne, pero no tenía forma de saber qué era lo que se eliminaba al cauterizar la herida.

 

Simultáneamente, en París se desarrollaba una de las investigaciones más apasionantes de las que se han llevado a cabo en la ciencia biológica. Un químico, Louis Pasteur, influenciado por el libro escrito por Ignaz Semmelweis, refutó definitivamente una de las teorías más importantes que existían en la biología del momento, la cual postulaba que los elementos que provocaban la putrefacción de los tejidos germinaban espontáneamente en ellos. Al mismo tiempo, la medicina de la época también mantenía que las infecciones de las heridas eran producidas por una serie de “humores” que existían en el aire y que, al entrar en contacto con ellas, se iniciaba el proceso de la putrefacción. Pasteur demostró que los procesos de infección y fermentación se debían a organismos vivos que estaban presentes en todas partes, incluso en el aire. La demostración se llevó a cabo con uno de los experimentos más sencillos y geniales de todos los tiempos. Pasteur preparó un caldo de carne y leche que hirvió para eliminar todos los organismos vivos que pudiera haber en su interior, y posteriormente los metió en dos recipientes: uno tenía un tubo largo y retorcido con una profunda curva, y el otro tenía un tubo corto y ancho que permitía la entrada libre de aire en su interior. El caldo contenido en el recipiente con el tubo corto y ancho comenzó a sufrir un proceso de putrefacción a las pocas horas, mientras que el recipiente con el tubo largo y retorcido no sufrió cambio alguno. La segunda fase del experimento de Pasteur fue inclinar el recipiente para que el caldo recorriera la profunda curva descendente del tubo, en el cual Pasteur había predicho que se habían quedado depositadas las bacterias contenidas en el aire. Y así fue, el caldo contenido en el recipiente se contaminó y se pudrió a las pocas horas.

 

Lister leyó los trabajos publicados por Pasteur y llegó a la conclusión de que la producción de pus y mal olor en las heridas era el equivalente a la putrefacción en los caldos del experimento. Aprendió de los escritos de Pasteur que había tres formas de eliminar los microorganismos presentes en el aire y en todo lo que le rodeaba. Estos tres métodos eran la filtración, el calor y, por último, los productos químicos. Esto hizo desencadenar una serie de ideas dentro de la cabeza de Lister, una de las cuales se ha mantenido hasta el día de hoy; su brillante idea era que los microorganismos estaban produciendo las infecciones que estaban matando a sus pacientes y había que deshacerse de ellos pero, ¿cómo eliminarlos?

 

Lister pensó mucho en qué hacer a continuación. El primero de los elementos que descartó fue la filtración. Llegó a la conclusión de que el calor no se podría aplicar directamente al cuerpo humano, pero sí podría usarse en los diferentes elementos que intervenían en la cirugía, como el instrumental o las batas de los cirujanos. Lo único que le quedaba eran los productos químicos, y comenzó a investigar. Un día, en un paseo por el campo, Lister se fijó en que alguien regaba un huerto recién abonado con una sustancia. Esta sustancia era ácido fenólico, destilado a partir de una sustancia aceitosa llamada creosota, que se obtiene a partir del alquitrán de hulla y que se utilizaba para evitar que se pudrieran las traviesas de las vías del tren. El ácido fenólico era utilizado para eliminar el mal olor que producía el abono. Lister llegó a la conclusión de que el fenol eliminaba el olor a podrido del estiércol porque eliminaba las bacterias descubiertas por Pasteur que producían la putrefacción. Si lo aplicaba a una herida, ¿podría causar el mismo efecto en ella? ¿Tal vez una compresa empapada en ácido fenólico podría ejercer el mismo efecto que los cuellos curvos y estrechos de los recipientes del experimento de Pasteur?

 

Lister había observado que las fracturas cerradas curaban sin grandes complicaciones, mientras que las fracturas abiertas se infectaban y provocaban la muerte del paciente en aproximadamente el 50% de los casos. En agosto de 1865, Lister decidió operar a un niño de 11 años cuya pierna había sido aplastada por la rueda de un carro y le había producido una fractura abierta. Al final de la operación cubrió la pierna con una compresa empapada en una solución de ácido fenólico. A los pocos días comprobó que la pierna se curaba correctamente y no había ningún indicio de infección o pus. Al mes y medio, la pierna se había curado completamente y no había mostrado indicio de infección alguna. Al poco tiempo, Lister ya tenía un grupo de seis pacientes con los que había utilizado la técnica de cirugía antiséptica en fracturas abiertas. De estos pacientes, solo uno había fallecido debido a una pequeña herida de la que Lister no se había percatado, lo que provocó una infección que lo mató. Mediante esta técnica, Lister consiguió reducir la mortalidad de los pacientes quirúrgicos de un 50% a solo un 15%.

 

Este primer éxito no detuvo a Lister, que inmediatamente comenzó a lavar el instrumental y la ropa que se utilizaba durante la cirugía con soluciones de ácido fenólico al 5%, obligó a todo el personal a lavarse las manos –como ya hiciera Semmelweis en Hungría 17 años antes– y también a limpiar el hospital de arriba abajo, lo que en algún momento le causó enfrentamientos con las enfermeras, que pensaban que se había vuelto loco. Poco tiempo después empezó a empapar los vendajes que se ponían en las heridas con ácido fenólico y desarrolló un pulverizador con el que rociar este producto químico para limpiar el aire de la estancia quirúrgica; esto provocaba tos y dolor de cabeza a los cirujanos y enfermeras, que se quejaban a Lister, quejas que él ignoraba. También comenzó a limpiar la piel de los pacientes justo antes de iniciar la operación con ácido fenólico, cubriendo la piel que no iba a estar expuesta con compresas empapadas en este producto. Mediante todas estas técnicas consiguió hacer descender la tasa de mortalidad por infecciones postoperatorias hasta un 6%. El hospital ya no olía a muerte y a pus, olía a productos químicos y a progreso.

 

Pulverizador de ácido fenólico.

Pulverizador de ácido fenólico.

 

 

Lister, agradecido a Pasteur por sus descubrimientos, le escribió una carta dándole las gracias:

 

“Permitidme daros cordialmente las gracias por haberme mostrado la verdad de la teoría de la putrefacción microbiana con sus brillantes investigaciones y por haberme proporcionado el sencillo principio que ha convertido en un éxito el sistema antiséptico. Si viniese a Edimburgo, no dudo que para usted sería una auténtica recompensa el ver cómo en nuestro Hospital la Humanidad se beneficia en gran medida de sus trabajos.”

 

Pasteur estaba tan orgulloso de la misiva enviada por Lister que la incluyó en uno de sus libros.

 

Lister estaba ansioso por contar al mundo sus descubrimientos y en 1867 publicó su primer trabajo “Nuevo tratamiento de las fracturas abiertas y de los abscesos; observaciones sobre las causas de la supuración”. En 1867 presentó los resultados de un nuevo estudio ante la Asociación Médica Británica al mismo tiempo que publicaba su libro bajo el título: On the Antiseptic Principle in the Practice of the Surgery [Sobre el principio antiséptico de la práctica quirúrgica]. Estas publicaciones tuvieron poca aceptación en su país, donde los cirujanos de la época consideraron la antisepsia una complicación inútil. En el resto del continente europeo tampoco tuvo una gran aceptación inicial. Grandes cirujanos de la talla de Billroth, Paget o el mismísimo Simpson, desarrollador de la anestesia mediante el uso del cloroformo, se opusieron a su idea por considerarla inútil, aunque pocos años después tendrían que darle la razón.

 

Lister, conocedor de la fuerza de las matemáticas y la estadística, comenzó a acumular datos. Sus estudios estadísticos con respecto a las fracturas abiertas y las amputaciones fueron aplastantes, y al poco tiempo su técnica antiséptica se generalizó por toda Europa, especialmente en Alemania, donde se le consideró un héroe. En 1875 viajó a Alemania, donde realizó una gira realmente triunfal por muchas universidades, donde hablaba de su técnica, de la teoría de los gérmenes en la putrefacción de las heridas desarrollada tomando como base la investigación de Pasteur. Luego, viajó a Estados Unidos, donde incluso le invitaron a operar abscesos y fracturas. Allí, sus teorías se difundieron ampliamente y tuvo un gran reconocimiento. En 1877 nadie dudaba ya de las bondades de la cirugía antiséptica.

 

Cirugía antiséptica.

Cirugía antiséptica.

 

 

Después de todo este reconocimiento internacional, en Inglaterra no tuvieron otra opción que admitir que se habían equivocado, y cubrieron a Lister con honores. En 1877, Lister ocupó la plaza vacante que había dejado William Ferguson, el cirujano más competente del Reino Unido, en la Real Universidad de Londres. Ese mismo año fue nombrado Presidente de la Clínica Quirúrgica del King College en Londres y al año siguiente fue nombrado cirujano personal de la Reina Victoria. En 1880 se le concedió el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Cambridge y también se le hizo Doctor Honorario de la Universidad de Oxford. En 1883, la Reina Victoria le nombró caballero y Baronet de Park Crescent por la parroquia de Marylebone en el condado de Middlesex, entre otros honores y homenajes. Entre 1895 y 1900 presidió de la prestigiosa Royal Society.

 

Sello conmemorativo de los 350 años de la creación de la Royal Society en honor a uno de sus presidentes, Joseph Lister.

Sello conmemorativo de los 350 años de la creación de la Royal Society en honor
a uno de sus presidentes, Joseph Lister.

 

 

En 1879, un médico norteamericano llamado Joseph Lawrence desarrolló un antiséptico de uso general, usado tanto para la desinfección de las heridas como para el tratamiento de la caspa o la halitosis. Un farmacéutico llamado Jordan Wheat Lambert registró la fórmula y creó una compañía que comenzó a venderla con gran éxito comercial. El uso más importante que se le dio en su época, y que ha llegado hasta nosotros, es el de colutorio bucal para tratar las infecciones y la halitosis. ¿Su nombre? Listerine. De las ventas multimillonarias de este enjuague bucal, Lister no vio ni un céntimo, y tampoco su familia (figura 2).

 

Listerine, anuncio de principios del siglo XX.

Listerine, anuncio de principios del siglo XX.

 

 

El 24 de junio de 1902, el príncipe Eduardo cayó víctima de una apendicitis tan solo cuatro días antes de su coronación como Eduardo VII. Inmediatamente se creó un comité científico para asesorar al cirujano que habría de operarle, Sir Frederick Treves. Con el apoyo de Lister y de su técnica antiséptica se logró realizar una pequeña incisión en el abdomen y drenar el absceso purulento que mantenía en vilo la vida del futuro rey. Hasta entonces este tipo de cirugías se consideraban radicales y el paciente corría el riesgo de morir a causa de la infección. Cuentan las crónicas de la época que, al día siguiente, Eduardo estaba sentado en la cama fumando un cigarro, y a las dos semanas se comunicó que el futuro rey estaba fuera de peligro. Finalmente, fue coronado el 9 de agosto, tan solo un mes después de ser operado.

 

Otro de los grandes avances quirúrgicos desarrollado por Lister fue el catgut o tripa de gato. Se trata de un filamento desarrollado a partir de la capa externa del intestino del felino, que es utilizado como un hilo para coser tejidos y que, al estar compuesto por proteínas, es absorbido por el organismo del paciente sin dejar rastro alguno. La primera vez que Lister lo utilizó fue en un ternero, al que operó y ligó unos vasos sanguíneos en una granja. A los cuatro meses, cuando el ternero fue sacrificado, Lister inspeccionó la zona operada para ver qué había pasado con los filamentos de catgut. Como bien había predicho, los filamentos fueron absorbidos por el cuerpo del ternero sin dejar rastro. Lister utilizo el catgut por primera vez en una mastectomía que realizó a su propia hermana (ella moriría décadas después, a la edad de 85 años).

 

En 1891, Lister ayudó a crear el Instituto Británico de Medicina Preventiva que en 1903 pasaría a llamarse, en su honor, Instituto Lister. Este gran cirujano se retiró de la práctica médica en 1893, después de una larga y exitosa carrera. Falleció el 10 de febrero de 1912 en Walmer, Inglaterra, a la edad de 85 años, cubierto de honores y reconocimientos. Fue enterrado en la Abadía de Westminster junto a otro gran cirujano e impulsor del método científico aplicado a la medicina que vivió en el siglo xviii, Sir John Hunter. Estos honores no acabarían después de su muerte, ya que en la década de 1920 se renombró a una familia de bacterias con su apellido, de modo que estos organismos pasaron a denominarse Listeria monocytogenes.

 

En 2012 se conmemoró el centenario de la muerte de Lister, y en un homenaje celebrado en el Real Colegio de Cirujanos de Edimburgo, se le recordó como el “padre de la cirugía moderna”. A esta celebración asistieron cuatrocientos cirujanos de fama mundial y se llevó a cabo una serie de coloquios y conferencias sobre el trabajo de este gran hombre, cuyo legado perdura intacto hasta nuestros días.

 

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